Subiendo por el Tupisa, después de cosa de dos horas de piragua, en medio de un rio repleto de meandros, nos encontramos con un emberá  en la orilla que nos hacia señas para que nos acercáramos, resulto ser Marino, el hermano de Terremoto, que es quien manejaba la piragua en la que subíamos, se coloco en la proa de la piragua y en ciertos sitios indicaba por donde teníamos que pasar, pues a pesar de que estábamos en “invierno” el río no bajaba con un caudal excesivo y en ciertos lugares la hélice podía tocar el lecho del río con el consiguiente riesgo de romperse.

Cosa de veinte minutos después llegamos a Punta Grande, que es la comunidad de la que procede Terremoto y su hermano. Es en el único pueblo en el que vi la tradicional casa emberá, elevada sobre el suelo, redonda y sin paredes.

Y con una escalera tallada en un palo para subir a la plataforma, durante la noche la retiran para impedir que los animales suban

Por supuesto cocinan  en la plataforma, con leña, sobre un lecho de arena.

Dando un paseo por el pueblo nos encontramos con un trapiche, es comunitario y era aquí donde se sacaba el jugo de las caña de azúcar, esta bastante deteriorado, pues aquí se abandonado el cultivo de la caña en favor de otros, como el plátano o la yuca.

Como aquí llueve a casi todas horas, algunas mujeres tienden las parumas bajo un techado.

Llegamos al colegio, habían terminado las clases, quedaban algunas alumnas en la cocina, nos invitaron a un poco de crema de maíz.

Después de comer, sacan los instrumentos, un par de tambores, una flauta construida con  un tubo metálico y el caparazón de una tortuga.

Merino le da el caparazón a un muchacho y empiezan a tocar.

Enseguida, Terremoto agarra el otro tambor, y para mi sorpresa es el padre de ambos el que toca la flauta.

Tuvimos baile, y acabaron sacándome a bailar, pero por supuesto no voy a publicar semejante estropicio.